El círculo vicioso del mal periodismo
y la mala política

Por el grupo de análisis Cercle Gerrymandering (Carles A. Foguet, Benet Fusté, Edgar Rovira i Ton Vilalta).

No sabríamos decir con certeza qué fue antes, pero de lo que no hay duda es de que ambas cosas existen y están estrechamente relacionadas. Y de que son signo de nuestros tiempos, con una intensidad mayor de la que jamás lo fueron antes. No queremos decir con ello que no haya ni buena política ni buen periodismo, que lo hay. Pero, por desgracia, ni lo uno ni lo otro en una proporción suficiente como para definir con precisión sus respectivos ámbitos.

Y decimos sin ambages “por desgracia” porque nosotros también creemos en el papel central de los medios de comunicación para garantizar el buen funcionamiento de la democracia, en toda la extensión del concepto, que no es viable sin una ciudadanía (bien) informada. No son los requisitos de existencia de la democracia de Dahl los que están en cuestión, sino la vía a través de la cual circula la información y llega de manera veraz, plural y confiable al conjunto de los ciudadanos.

Mal periodismo

La triple crisis que enfrenta el periodismo (aun a riesgo de quedarnos cortos: de formato, publicitaria y empresarial), ocultada a veces bajo el manto espeso de la crisis económica que azota a todas las industrias, sin distingos, puede explicar, en buena parte, la vertiente del mal periodismo.

Hoy los grandes medios están disminuídos y condicionados por unas cuentas de resultados negativas y por la presión de unos acreedores en absoluto neutrales. No hay que abundar en este particular: las noticias de despidos masivos, huelgas, cierres y otros momentos críticos en los principales grupos mediáticos son constantes y, los que sobreviven, deben afrontar el futuro faltos de capital material y humano, lo que redunda, necesariamente, en una pérdida de la calidad de los productos que pueden ofrecer.

Ello da pie a que la industria mediática actual también se vea afectada por una dualidad acuciante, que conlleva la precarización del grueso de las plantillas. Los redactores, que al fin y al cabo son los responsables de la mayor proporción de todo lo publicado, están cada día menos formados y menos especializados (ya no sólo en áreas de conocimiento, sino de desempeño profesional) de lo que solían estar.

Este fenómeno lo describía Santiago Ramentol de una manera tan gráfica como cruda: “En general, los periodistas con responsabilidades de dirección y los expertos son profesionales bien preparados, normalmente cultos (…), muy al día. Pero este tipo de informador no suele salir a la calle”. Y a no ser que hayan cambiado demasiado las cosas de ayer a hoy, las noticias siguen en la calle.

Todo ello en medio de un proceso de atomización de la competencia, desde todos los flancos, que inunda el mercado de información, con el consiguiente aumento exponencial de los costes para el ciudadano para discernir. No sólo con la aparición de nuevos grupos mediáticos más o menos convencionales, al amparo del favor político y de las mejoras tecnológicas, sino también, y sobre todo, de la implosión provocada por la irrupción de las nuevas tecnologías y, con ellas, el llamado periodismo ciudadano y el periodismo de bajo coste, que han lanzado al viejo periodismo en pleno a una carrera de locos en pos de la inmediatez, aún a costa de sacrificar por el camino la fiabilidad de la información. La infobesidad no es un concepto nuevo (tiene ya 40 años), pero la extensión del uso de las redes lo ha llevado a su máxima expresión. Por el momento.

Mala política

Sobre la mala política (que algunos han querido sintetizar en la mal llamada americanización: hipervisibilidad, espectacularización, superficialidad…), por otro lado, ya hay mucho escrito, incluso por parte de periodistas.

En lo tocante a la relación con los medios, la mal llamada clase política ha asumido de manera transversal malas prácticas que, décadas atrás, eran exclusivas sólo de algunos sectores marginales.

La desconfianza de los políticos hacia los grupos mediáticos es ya un lugar común, disfrazada a veces con aplausos cómplices cuando la orientación de lo publicado les ha convenido, pero que no tardaban en convertirse en lamentos cuando la veleta mediática giraba a favor de otros vientos. Como afirma, tajante, Alejandro Alonso, “al final todos los políticos quieren unos medios dóciles y confunden las buenas relaciones con la apología sistemática”.

Tan común es hoy encontrar a un político huyendo de un periodista (que no es lo mismo que un periodista persiguiendo a un político, que debería ser lo normal) como a un político persiguiendo a un periodista. Y esta relación, en un sentido u otro, denota gráficamente la noción de independencia mediática que maneja buena parte de la clase política.

La relación entre políticos y periodistas

Los modelos de relación típicos entre periodistas y políticos (antagonistas, complementarios, simbióticos… moviéndose siempre entre los ejes competencia-cooperación y dependencia-independencia) parecen quedar superados por el contexto, ya que paradójicamente ambos han perdido, simultáneamente, poder de negociación y presión.

Los unos, porque, inmersos en una crisis de legitimidad galopante, ya no son las únicas fuentes privilegiadas y, aun siéndolo, ni tan siquiera son capaces, en la mayoría de los casos, de mantener la disciplina interna como para hablar con una misma voz y defender un único discurso.

Los otros, porque han perdido la exclusividad de la intermediación entre políticos y la ciudadanía y, la parte que conservan está discutida por una competencia creciente y una legitimidad menguante.

La necesidad mutua, sin embargo, resiste en este nuevo contexto. Pero no el papel tradicional que ambos actores, políticos y periodistas, han jugado en él, a pesar de seguir siendo de momento, ambos y a la vez, los nodos más relevantes de un sistema cada día más abierto y diverso.

Mal periodismo político

El punto de encuentro de una cosa y la otra es un periodismo político que, en general, deja mucho que desear. Sin ánimo de ser exhaustivos, algunos trazos casi caricaturizados:

  • Política de titulares, llevando al paroxismo el llamado periodismo de declaraciones, en el que la labor periodística se reduce a la reproducción literal de las fuentes informativas que puntualmente distribuyen los gabinetes profesionalizados de administraciones, partidos e instituciones. Sólo una cierta adscripción ética a la deontología profesional de los periodistas en el lado del emisor ejerce de dique de contención ante una perversión todavía mayor de la esencia misma de la profesión y de la función social de los medios como mediadores.
  • El periodismo de negritas, la manera castiza de adaptar el process politics, que da más importancia a los nombres (y cuantos más y de mayor peso, mejor) que aparecen en una noticia antes que a la noticia misma. Un extraño índice de popularidad no sólo aceptado por periodistas y políticos sino al que ambos contribuyen con fervor, acercando el periodismo político demasiado peligrosamente al periodismo rosa, en el mejor de los casos, y amarillo, en la mayoría de ellos.
  • La copresencia y la difuminación de la línea entre una y otra profesión, allí donde políticos y periodistas, en palabras de Félix Ortega, “practican nuevas formas de relación social, como son el comensalismo, el contertulianismo y los retiros”, en una proximidad que es “precondición para otras afinidades más importantes”, dando pie a una afinidad electiva y a una tendencia a influirse recíprocamente.
  • Este fenómeno tendría su culmen en el llamado “periodismo confidencial”, que hace desaparecer el mandato de publicidad y transparencia, cediendo a las exigencias del elitismo de políticos y periodistas, que son a la vez emisores y receptores prácticamente exclusivos de la información.

Y de esta situación son todos culpables. En el debe de los políticos, por ejemplo, las ruedas de prensa sin preguntas. Pero en el de los periodistas están las malas preguntas cuando les dan ocasión de hacerlas.

La falta de ideas y la falta de profundidad en los medios masivos en general, y en el periodismo político en particular, es imputable al debe de ambos, por mucho que unos y otros tengan excusas para explicar de manera convincente por qué se ha llegado hasta aquí.

Periodismo politizado

De aquel “parlamento de papel” (atestado de periodistas aquejados del Síndrome de Tom Wolfe en fase terminal) del que muchos aplaudieron su construcción durante la transición española y hoy muchos añoran un recuerdo idealizado, queda poco en pie y sus cimientos amenazan ruina.

Este mismo parlamento de papel (o de espacio radioléctrico, o digital…), o lo que queda de él, está inmerso en un proceso de polarización sospechosamente parecido al que amenazan con sufrir los parlamentos reales, sometidos a una fuerza centrífuga que puede desintegrar grandes consensos y acabar dando cobijo a opciones ideológicamente extremas.

Un proceso que no es ni espontáneo ni sucede sobre el vacío. La aceptación original de la politización de los medios en pos de un objetivo socialmente superior ha acabado otorgándoles una patente de corso para ofrecer una información parcial e interesada (y cada vez menos disimulada) a un público sesgado de antemano deseoso de reforzar sus propios prejuicios.

El misterioso caso del círculo vicioso menguante

La mala política necesita de un mal periodismo para sobrevivir. Pero el mal periodismo se nutre de la mala política para seguir existiendo. Y lo mismo vale leído del derecho que del revés. Porque ni la mala política sería posible con un periodismo mejor ni la buena política sería posible con un mal periodismo.

El drama es que tan volcados como están el uno con la otra y viceversa, difícilmente ninguno de los dos podrá detener este baile perverso y romper con un círculo vicioso cada vez más pequeño y cada vez más alejado de la ciudadanía a la que ambos dicen dirigirse.

Los amigos de Politikon señalaban acertadamente el divorcio entre lo que la sociedad le demanda al periodismo y lo que realmente necesitaría de él. El divorcio entre política y ciudadanía, por su lado, tiene incluso nombre propio: desafección.

Sin embargo, este divorcio –ni siquiera amistoso- no ha ocurrido todavía entre política y periodismo, que siguen cogidos de la mano avanzando sin freno hacia el abismo de la irrelevancia, olvidando que, en último término, dependen de esa ciudadanía a los que ni unos ni otros son capaces de satisfacer mayoritariamente hoy.